Opinión

El kitsch latinoamericano

Madrid, 16 sept.- Es difícil imaginar una región contemporánea en la que se haya banalizado más la cultura que en América Latina. La música, la televisión, la política y casi cualquier aspecto de la vida colectiva está caracterizado por la exuberancia de lo artificial, la pomposidad y la superficialidad; basta con pensar en el reggaetón como protagonista unánime de las radios latinoamericanas, la telenovela como el pan de cada día en millones de hogares y el populismo barato y trillado que domina la escena política en muchos de nuestros países. Esta región, de una riqueza histórico-cultural invaluable, está sumida actualmente a nivel macro tanto en la pobreza como en el fetichismo de la mercancía, paradójicamente.

Esto no quiere decir, por supuesto, que el folclor no siga jugando un papel importante e invaluable en la vida de los latinoamericanos. Este se ha convertido con frecuencia en un ancla, una última trinchera que evita que las rabiosas aguas de la cultura de masas acabe con la esencia local. Es esta cultura genérica, insípida y anónima (con banda sonora reggaetonera y tintes melodramáticos) a la que denominamos kitsch.

Se le llama kitsch a un concepto estético trillado, recargado y aparatoso. Es un término familiar a “cursi” aunque lo define más el mal gusto que el patetismo. El kitsch busca conmover y atrapar por medio de la banalidad; se encuentra en el cine, el teatro, la música, la política y las artes plásticas, en donde se originó la palabra. Esto sucedió a finales del siglo 19 en Múnich, cuando se empleaba para describir bocetos y pinturas de técnica precaria adquiridos generalmente por la nueva burguesía, caracterizada por su gusto ordinario.

El kitsch puede ser masivo o puede pertenecer a una subcultura. La segunda opción no es preocupante y por lo tanto no merece mayor atención. La consternación surge al ver a las artes rendidas de rodillas a nivel popular ante el kitsch, evidenciado en la sofocante victoria del reggaetón frente al pop en América Latina; aquel un género musical tan nefasto por su contenido como inverosímil por su popularidad. El reggaetón, apoderado de las radios a nivel internacional, se caracteriza por su pobreza lírica, el uso pomposo de joyas y la celebración de lo banal. La vestimenta recargada, el despilfarro, el abuso del auto-tune y la objetificación de la mujer son algunos de los elementos principales de este género, que por otro lado ya es la exportación cultural latinoamericana más exitosa en la actualidad.

A nivel político vemos que el kitsch es un ingrediente intrínseco del panorama moderno en casi toda la región. El patetismo de Hugo Chávez y su vocabulario patriótico, exagerado y absurdo, es quizás el ejemplo más obvio de los últimos años. La repetición patológica de palabras como “pueblo” y “patria”, la prostitución ideológica de personajes ilustres como Bolívar y los fascistas atuendos rojos, con frecuencia decorados con boinas militares, son un grito barato y genérico de lo kitsch. Por otro lado tenemos a Evo Morales, un hombre terriblemente poco articulado, cuyo mejor capital político ha sido su ascendencia indígena y que ha hecho el lamentable papel del populista que se afinca en la política de identidad. Otro ejemplo es Peña Nieto en México, un engominado e ignorante personaje que cautivó a los mexicanos de la misma manera que lo haría el buenmozo protagonista de una telenovela: con poco contenido y mucha apariencia. Los ejemplos del kitsch son vastos, el espacio para exponerlos, corto.

Estos dos ejemplos, el político y el musical, son una fiel representación de la mentalidad que se ha apoderado de grandes partes de la población latinoamericana. Una posible explicación para la presencia del kitsch en la cultura, de lo genérico y lo banal, es la “alienación”, como le llamaba Marx. El individuo pierde sus inquietudes intelectuales y curiosidades metafísicas, silenciosamente embelesado con la ilusión de que necesita solo aquello que el mercado le brinda. Esto sucede no solo en el consumo de bienes, sino en el consumo de cultura y en la toma de decisiones electorales. Es decir: el hombre pierde su esencia, en este caso al son del reggaetón y de la mano de políticos baratos de discurso genérico. El único antídoto es la concientización del rumbo perdido y la certidumbre, en lo absoluto infundada, de que hay cosas mejores.

Etiquetas

Ernesto Andrés Fuenmayor

Escritor venezolano en Berlín. Estudiante de Historia, Política y Sociología. Trabajador del Instituto Max-Planck para la Historia de la Ciencia. Administrador del portal Hechos Latinoamericanos en redes sociales.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba