Opinión

¿Cuál unidad?

Madrid, 1 feb, (Por Antonio Ledezma).- En mis conversaciones con líderes de la comunidad internacional, es frecuente que muchos de ellos den a conocer su angustia por la supuesta “falta de unidad”, entre los factores que disentimos de la narcotiranía de Maduro. Ante tal estribillo, repetido una y otra vez, siempre me veo en la necesidad de relatar la cronología de eventos en los que hemos puesto en acción esquemas unitarios que dieron resultados alentadores, tales como las elecciones parlamentarias de septiembre del 2010 y las de diciembre de 2015.

En esas coyunturas se puso de manifiesto la convicción de que divididos caeríamos rendidos ante el opresor y que lo sabio y conducente era mas bien resistir unidos, evitando fragmentarnos en cuadrillas que diseminaran la indispensable unión de la que dependería nuestra supervivencia. En más de una oportunidad, después de largos debates, concluimos en que las simples marchas multitudinarias no bastaban para consolidar la unidad, porque esas multitudes sin conducción coherente y estratégica, por lo general, conducen al desconcierto.

Con la experiencia acumulada en las tareas de edificar una alianza unitaria, me siento compelido a dar explicaciones que pongan en trasparencia la verdad de todo cuanto ocurre en mi país:

Lo primero, es que no ha dejado de haber unidad cuando ha sido menester aglutinar fuerzas para plantarnos frente a un enemigo cruel e inescrupuloso como lo han sido, sin la menor duda, la dupla Chávez-Maduro. Incluso, llegamos a articular un eje que dio frutos espectaculares como fue la tarjeta de la unidad (la de la manita) que después las mafias electorales de Maduro se encargaron de liquidar.

Lo segundo, es que el poderío de esa unidad se desperdició cuando los mismos actores que se beneficiaron de ese torrente electoral, dislocaron la estrategia que unitariamente se había concebido para salir a delante con la idea de ponerle punto final a semejante régimen oprobioso.

No olvidemos los contrasentidos que se materializaron entre el 16 de julio de 2017 -fecha en se realizó el plebiscito- y la incongruencia de ir a participar en elecciones regionales ese mismo año.

Ahora todo indica que “se van a tropezar, otra vez, con la misma piedra”, con el agravante que en esta coyuntura -2021- el ánimo de la gente “esta por el suelo”, en comparación con las expectativas que flotaban en el ambiente después del glorioso proceso protagonizado por la ciudadanía ese inolvidable 16 de julio de 2017. Otro capítulo reciente de esos “saltos atrás”, se escribió con la fallida negociación del 30 de abril y el diálogo distraccionista de Barbados del año 2019.

Lo tercero, es que más que dividida la oposición está infiltrada desde que el régimen doblegó o sobornó a personajes que se prestaron para llevar adelante acciones traicioneras de toda índole. Las pruebas de esa tragedia están a la vista de todo el mundo, pero pareciera que hay que restregárselas en las caras para que se percaten de semejante perfidia.

Mientras Maduro y sus secuaces tratan de imponer su estrategia, leemos declaraciones del señor Borrel, alto representante de La Unión Europea, en las que afirma que: “La oposición está adaptándose a la nueva situación y todos están también esperando cuál será la actitud de la nueva administración americana, que será sin duda determinante”. Ante esas afirmaciones me veo en la obligación de preguntar en alta voz: ¿Cuál es la nueva situación? ¿Qué Maduro instaló su parlamento fraudulento? Eso es lo mismo que hizo cuando montó su parapeto de Asamblea Constituyente en el 2017. ¿Qué Maduro quiere dialogar? Es la misma treta que han puesto en práctica para ganar tiempo o blanquear su imagen de forajido. No olvidemos los diferentes “diálogos” de Maduro en Miraflores con empresarios que terminan siempre con más represión y ahora será peor con su Ley Antibloqueo.

¿Qué Maduro hará elecciones regionales con mejores condiciones? Hay que ser o muy ingenuo o demasiado otra cosa para no recordar que la misma carnada envenenada lanzó a la oposición, en julio de 2017, y algunos factores mordieron ese anzuelo. ¿Qué pasó esa vez? Que Maduro arrasó con las gobernaciones y las pocas que entregó a la oposición, lo hizo con “protectores” incluidos.

Insisto en interpelar a quienes me lean: ¿Cuál es la nueva situación? ¿Qué hay más pobreza, más venezolanos padeciendo en la diáspora, más hiperinflación, más devaluación y más corrupción? ¿Qué hay más escasez de gasolina, comida, medicina y gas? ¿Qué hay más asesinatos, más batallas campales entre megabandas, más narcotráfico y más terroristas en suelo nacional? ¿Qué hay más riesgos de perder nuestro Esequibo, más controles en el TSJ y en el CNE? ¿O será que la nueva situación es que Maduro propone modificar el número de estrellas al pabellón nacional, o su invento del Carvativir?

La verdad es que estamos en una situación más delicada que el día que va transcurriendo en Venezuela. La tiranía busca consolidarse como la punta de lanza del Foro de Sao Paulo, más descarada para defender impúdicamente a su operador financiero Alex Saab. La tiranía cuenta con lobistas que se mueven por encargo en los escenarios internacionales, tratando de desmontar las sanciones que según su libreto, solo producen daños a una ciudadanía que tiene más bien que estar consciente que toda esa catástrofe la engendró Chávez y la desarrolló Maduro.

Si dejamos que la presión internacional se desinfle o se desvíe, Maduro continuará liquidando a una ciudadanía desprovista de comprensión y respaldo oportuno de los entes internacionales llamados a protegerla. Mientras que adentro la dirigencia luce atomizada, cada quién por su lado, como si perdieron la lógica de que la unidad verdadera es tan necesaria para remediar conflictos como para procurar la paz y que si no podemos estar de acuerdo en todo, por lo menos debería unirnos ahora la idea de liberar a Venezuela, primero, antes que cualquier otra cosa.

Ir a esas elecciones regionales será tan dañino o más que “el salto mortal” dado en julio de 2017. Las pocas gobernaciones que le asignaron a la oposición ese año, han sido bloqueadas y acosadas por todos los flancos. Dialogar, otra vez, en estas condiciones solo servirá para que Maduro aturda a una oposición que lo más que podrá lograr es mejorar las condiciones del cautiverio al que está sometido nuestro país, o dicho de otra manera, “mejorar la ración de pan y de agua para tratar de sobrevivir”.

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Lo que corresponde hacer ya, es crear un nuevo eje de conducción política, inclusivo, con una estrategia que no dé lugar a zigzagueos como los que se han dado en esta etapa en la que los errores eclipsaron los logros alcanzados. Una dirección política en la que no haya espacio para infiltrados ni para los que asumen líneas divorciadas del interés nacional. Una conducción que apunte a lograr, primero, la libertad de Venezuela y luego a impulsar elecciones presidenciales libres. Una dirigencia que este persuadida a firmar, como paso previo indispensable para iniciar la reconstrucción de Venezuela, un Pacto de Estado con una visión de corto, mediano y largo plazo.

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