Opinión

Carlos Andrés Pérez: ¡el inventario de un loco!

Madrid, 31 may (Por Antonio Ledezma).- Cuando a Carlos Andrés Pérez lo llamaban despectivamente “locovén”, se podría percibir la inquina de sus detractores que apelaban a esas mordacidades para desmeritar su audacia y determinación de producir cambios en los destinos del país que comenzaba a gobernar. ¿Loco? ¿Por atreverse a nacionalizar las industrias del petróleo y del hierro? ¿Loco, por dar el paso definitivo para apuntalar las obras del Guri y consolidar el emporio siderúrgico y metalmecánico de Guayana, con ese parque maravilloso de Interalúmina, Venalum, Alcasa y producir un millón de toneladas de alúmina por año; con la planta de tubos sin costura, con el ambicioso proyecto de Los Pijiguaos y por si faltaba algo más sobresaliente, dejar para la posteridad la empresa estatal PDVSA, que ahora han arruinado? Él se reía y con gestos cabeceros denunciaba la mezquindad de quienes resollaban por la herida de no ser ellos los que se hayan atrevido a lograr semejantes hitos en la historia del país.

Cuando dio a conocer sus planes de alfabetización, también se burlaban y las carcajadas eran estruendosas cuando anuncio en 1990 el plan de las computadoras para las escuelas, a lo mejor eran los mismos que años después celebraban la instauración de las Misiones de Chávez. Porque cuando fue CAP el promotor de los clamados programas sociales, como el Vaso de leche escolar, el Ropero Escolar Negra Matea, con morral, zapatos, pantalón, camisa y útiles; la Beca Alimentaria, el PAMI (programa Materno Infantil), la Beca Salario, Los Hogares de Cuidado Diario, los créditos para máquinas de coser y taxis, el plan alimentario CASA o los Módulos de Servicios de FUNDACOMUN, no faltaba el latiguillo enjundioso para sentenciar que -¡eso es paternalismo, a la gente no hay que darle el pez, hay que enseñarla a pescar!.  Pero los arrestos populistas de Chávez servían para que más de un pusilánime analista argumentara que -“Chávez se ocupó de los pobres”-. Nunca defendieron realidades como esas que confirman que en el gobierno de CAP hubo pleno empleo, crecimiento económico, salarios que superaban los 200 $ y abastecimiento de alimentos, agua potable y gas doméstico. Ah, pero cuando CAP se propuso crear la red de Farmacias Populares y consolidar un centro productor de Medicinas Genéricas, tildaron esos actos de locuras.

Para los que nada reconocen los hechos de CAP, también fueron locuras hacer de las playas lugares libres de esparcimientos, proteger Morrocoy y Mochima, crear 6 parques nacionales, sembrar grandes extensiones de pino para pulpa de papel en Uverito, desarrollar los Módulos de Apure, el plan lagunero, continuar las obras del Metro, cruzar Venezuela de acueductos y represas. Nada le reconocían. Más bien hacían parodias y sátiras de su interés en estar informado de todo y se decía que trataba de simular su ignorancia. Han debido más bien resaltar que ese hombre se rodeaba de los más inteligentes, porque sabía que tenía limitaciones en temas específicos. Por eso buscó al Gral. Rafael Alfonzo Ravard para presidir PDVSA y a Valentín Hernández Acosta para la OPEP, a Leopoldo Sucre Figarela, excepcional ministro de obras públicas de Rómulo Betancourt, aliado fundamental en la gestión de Raúl Leoni y el zar para encabezar los proyectos de Guayana, teniendo a su lado a un gerente de primera como Argenis Gamboa. A Miguel Rodríguez como diseñador y artífice del Gran Viraje y ministro plenipotenciario para renegociar la deuda externa, al maestro José Antonio Abreu con quien fundó  el sistema de orquestas juveniles e infantiles; a Virginia Betancourt para la red de bibliotecas, a Carlos Blanco para proseguir con las reformas del Estado, al poeta José Ramón Medina para las ediciones de enciclopedias Ayacucho, a Arnoldo Gabaldón, Héctor Silva y a Enrique Colmenares Finol para darle a Venezuela el primer ministerio del ambiente y dotar al país de los más modernos acueductos, y a Leopoldo López Gil para coordinar el plan de becas gran Mariscal de Ayacucho.

También, estaban a su lado hombres como Octavio Lepage, Luis Piñerua, Manuel Pérez Guerrero, Enrique Tejera París, Pedro París Montesinos, Alfredo Baldó, Luis José Silva Luongo, Luis Manuel Peñalver, Carlos Rafael Silva, Efraín Schath A, Manuel Mantilla, Homero Parra, Antonio Leidenz, Blas Bruni Celli, Gumersindo Rodríguez, Antonio Parra León, Reynaldo Figueredo, Carmelo Lauria, Gustavo Rossen, Imelda Cisneros, Fanni Bello, Teresa Albánez, Aura Loreto, Senta Escenfeld, Manuel Adrianza, José Ignacio Casal, Jesús Carmona, Luis Beltrán Guerra, Luis José Oropeza, Carmelo Contreras, Simón Alberto Consalvi, Armando Durán, Pedro Rosas, Carlos Blanco, José Luis Salcedo Bastardo, Virgilio Avila Vivas, Pastor Heydra, Andrés Eloy Blanco, Pedro Mogna, Beatrice Rangel, Humberto Calderón Berti, José Ignacio Moreno León y Diego Arria, primero como el exitoso gobernador de Caracas y que aún la gente evoca y, posteriormente, en la ONU donde dejó para la posteridad la fórmula de resolución de conflictos que lleva su nombre.

Queda a merced de ustedes, amigos lectores, el ejercicio de comparación con la lista de los funcionarios reciclados de Chávez y Maduro y así establecer las diferencias.

En el caso de AD, CAP murió con la melancolía de no haber visto a Héctor Alonso López como secretario general del partido. Ese capítulo lo analizaremos en otra entrega.

Después que cumplió su primer mandato se pretendió echarle sombras a su gestión cacareando que “había dejado una Venezuela hipotecada”. ¡Mentira! Carlos Andrés Pérez, más bien dejó la botija llena con cuantiosos recursos depositados en el recién creado Fondo de Inversiones de Venezuela, institución novedosa alentada por Héctor Hurtado y Gumersindo Rodríguez, a los que se suman, también, los millones de dólares en reservas colocadas en el Banco Central de Venezuela. Al día de hoy esos ahorros serian equivalentes a más de 100 billones de dólares. Parte de esos recursos se utilizaron para garantizar empréstitos que asumieron empresas del Estado como EDELCA, buque insignia de la electrificación de Venezuela, capitaneado con destreza por Efraín Carrera, y otras más del complejo de la CVG. Se edificaron las troncales de transmisión, se levantó Planta Centro, la termoeléctrica más grande de América Latina. Por intermedio de FONCREI, del Fondo de Crédito Agropecuario y de Corpoindustria, como intermediarios financieros, se deslizaron ingentes recursos que ayudaron a establecer el extraordinario parque industrial con que cuenta Venezuela.

Se puede probar que en el transcurso de los años 1976, 1977 y 1978 fueron en los que, en la historia del país, se consumó la mayor inversión privada. Esa maniobra de presentar a Carlos Andrés Pérez como responsable de una deuda externa injustificada, se puso en escena mediante un informe bautizado como “Bolinaga”, que enumeró en un balance los pasivos de EDELCA, Venalum, Interalúmina, PDVSA, entre algunos entes del Estado, pero se le olvidó el detallito de inventariar los cuantiosos activos financieros que superaban con creces las deudas asumidas por esas empresas estatales y que en la gestión de Andrés Sosa Pietri al frente de PDVSA, se incrementó en más de un millón de barriles diarios la producción petrolera del país. Recuerdo los argumentos del Dr. Carlos Canache Mata, rebatiendo esos incongruentes balances de contabilidad, en sus artículos sabatinos publicados en el diario El Nacional.

Para iniciar su segundo mandato, Carlos Andrés Pérez se rodeó de jóvenes como Miguel Rodríguez, Moisés Naim, Carlos Blanco, Gerber Torres, Ricardo Haussman, Fernando Martínez Mottola y Roberto Smiht, que fueron parte de la primera hornada de ese programa de becas Ayacucho.

¿Qué pasó?  De nuevo sus detractores los estigmatizaron como los IesaBoys.

Y qué decir de su empeño en coordinar todos sus planes con el partido que fue su plataforma de lanzamiento, Acción Democrática, para lo cual estableció la mecánica de reuniones los lunes de cada semana con el Comité Operativo integrado por los lideres fundamentales de la organización y una reunión mensual en la que interactuaban los ministros de su gabinete con los integrantes del Comité Ejecutivo Nacional? Allí se discutirán todos los planes, desde el paquete económico desmenuzado con brillantes por el ministro Miguel Rodríguez, las reformas comerciales verbalizadas por Moisés Naim, los planes sociales por Marisela Padrón y los ajustes al precio de la gasolina, claramente explicado y justificado por el bien formado, honesto, inteligente y experto en esa materia petrolera, compañero Celestino Armas.

Hoy se impone el reconocimiento del verdadero esfuerzo de CAP por su empeño en hacer un país moderno.

Por eso impulsó las reformas del Estado, abrió campo para que eligiéramos por votación universal, directa y secreta a gobernadores y alcaldes, para algunos una locura eso de desprenderse del derecho constitucional de designar gobernadores a dedo y perder control sobre las maquinarias políticas. Y qué decir de esa ¿locura? de clausurar el desaguadero de RECADI y de poner fin a los negociados con las licencias de importación, cambiar los subsidios indirectos por los directos, renegociar la deuda pública con una transparencia reconocida mundialmente y tutelar privatizaciones exitosas, como la de CANTV, sin un ápice de irregularidades. Igualmente marcó los trazos de importantes reformas comerciales, tributarias y fiscales, con IVA incluido, y la idea de crear un Fondo para los tiempos de estrechez, iniciativa para la que solicitaba, desesperadamente, respaldo el ministro Miguel Rodríguez y que fue frustrada en Venezuela, pero aprovechada exitosamente en Noruega.

También le endilgaban a CAP unos inciertos “delirios de grandeza” porque se esmeraba en ayudar a que otros países se liberaran de regímenes autoritarios y metió sus manos en el candelero político de Nicaragua, Guatemala, El Salvador, Haití, Colombia, Ecuador, Costa Rica, Perú y Panamá. También abrigaba la ilusión de influir en Fidel Castro para que éste se aviniera a una transición hacia la democracia. Será inolvidable para mí, aquella noche, en la que reunidos en su casa por cárcel de la Ahumada, fui testigo presencial junto con Beatrice Rangel, del amistoso reclamo a Gabriel García Márquez por “no haber sido consecuente con esa tarea de envolver al líder cubano en ese propósito”. En otro extremo del mundo, el ex presidente español Felipe González, tiene en su valija de anécdotas valiosas aquel vuelo en el que lo llevaba Carlos Andrés Pérez de “contrabando”, tal como se lo dijo al mismísimo Rey Juan Carlos, al bajar del avión presidencial que aterrizó en Madrid en 1975.

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Finalmente, no olvidaré esa mañana del 20 de mayo de 1993. Estaba en una reunión de trabajo con los educadores de las escuelas adscritas a la Gobernación. Repica el teléfono y era el presidente Carlos Andrés Pérez, quien me habló con ese inconfundible tono de amigo. Con su característico -¿qué hubo? Siguió la pregunta -¿qué haces? Y luego la invitación -vente a palacio, estoy trabajando en el mensaje.

Al llegar a Miraflores, Laura Robles me hace un gesto con su boca señalando la puerta que da al despacho presidencial contiguo al área de la secretaria particular. Entré al despacho y ahí estaba borroneando ese histórico mensaje que más tarde daría al país con motivo de su linchamiento político. Lo noté más sereno que nunca. ¡Paradojas de la vida! Le dije que renunciaría inmediatamente a la gobernación y me aconsejó que no lo hiciera. -espera que Repague asuma, ayúdalo en cuánto puedas-. Laura entraba con más hojas que contenían párrafos que le hacían llegar Simón Alberto Monsalve, Carlos Blanco y Armando Durán. El presidente tachaba, agregaba o corregía, porque si se tratara de la mismísima letra del Padre Nuestro, también los modificaría. Siempre colocaba su impronta personal.

Apareció el Almirante Iván Carate, su fiel jefe de la Casa Militar, quien dijo: -Estamos listos, sr Presidente-. Salimos rumbo al salón Sol del Perú y se dio inicio a la ceremonia prevista. Mientras leía su mensaje, observé que le faltaba luz para poder descifrar el texto. Me olvidé que era gobernador y me levanté como el amigo de toda la vida que como su asistente al lado de José Consuegra, Héctor Cedillo, Nelson Téllez, el coronel Barreto y Coromoto Rodríguez, hacíamos las veces de periodistas, redactores, fotógrafos, médicos, expertos en sonidos, tarima, iluminación y seguridad; éramos toderos, pues. Le pedí a un camarógrafo que tenía una lámpara que la moviera para enfocar el papel del discurso que leía. Y llegó ese trance en que el presidente es vencido por el dolor de alma. Se quiebra por pocos segundos. Recupera el temple y truena su voz para concluir diciendo:

¡Quiera Dios que quienes han creado este conflicto absurdo no tengan motivos para arrepentirse!

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