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2020 se parece a 1918 a pesar de un siglo de avances

Madrid, 05 may (AP).- 2020 se parece mucho a 1918 a pesar de un siglo de avances en ciencia. En los años transcurridos entre dos pandemias letales, la mal llamada gripe española y COVID-19, el mundo ha aprendido sobre virus, curó varias enfermedades, elaboró vacunas eficaces, desarrolló formas de comunicación instantánea y creó complejas redes de salud pública. Pero aquí estamos de nuevo, enmascarados e incapaces de aplastar a una insidiosa y, sin embargo, evitable enfermedad infecciosa antes de que mate a cientos de miles de personas.

Como en 1918, la gente vuelve a escuchar garantías huecas incompatibles con la realidad de hospitales y morgues llenas, mientras sus cuentas bancarias se vacían. El viejo remedio de la cuarentena está de vuelta y también los de los curanderos: Restriéguense cebolla cruda por el pecho, decían en 1918. ¿Qué tal desinfectante en vena ahora?, sugirió el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, provocando suspiros en lugar de las risas que pretendía arrancar con lo que intentó hacer pasar, sin mucho éxito, por una broma.

En 1918 nadie tenía una vacuna, tratamiento o cura para la gran pandemia de gripe que arrasó el mundo y mató a más de 50 millones de personas. Nadie tiene nada de eso tampoco para el coronavirus.

La ciencia moderna ha identificado rápidamente el nuevo coronavirus, mapeó su código genético y desarrolló una prueba diagnóstica, aprovechando los conocimientos de 1918. Esto ha dado a la gente una mayor oportunidad de mantenerse lejos del peligro, al menos en los países que implementaron los test rápido.

Como el COVID-19, la pandemia de 1918 se produjo por un virus respiratorio que pasó de animales a humanos, se transmitió de la misma forma y tenía una patología similar. Mantener la distancia social, lavarse las manos y usar mascarilla eran las principales medidas para controlar el brote entonces y ahora.

Los consejos médicos de hace un siglo también resuenan hoy en día: “Si lo contraen, quédense en casa, descansen en la cama, manténganse calientes, tomen bebidas calientes y estén tranquilos hasta que los síntomas pasen”, dijo el doctor John Dill Robertson, comisionado de salud de Chicago, en 1918. “Después, sigan teniendo cuidado ya que el mayor peligro es la neumonía o alguna enfermedad similar una vez que la gripe haya desaparecido”.

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Pero también hay marcadas diferencias entre los virus de 1918 y 2020. La gripe española fue especialmente peligrosa para gente sana de entre 20 y 40 años — la primera generación del servicio militar — paradójicamente por su buen sistema inmunológico. Cuando esta gente se infectaba, sus anticuerpos iban tras el virus como soldados saliendo de las trincheras en los campos de batalla europeos.

Los soldados y marines jóvenes reunidos en los campamentos militares en Estados Unidos, se marcharon a Europa en barcos cargados de armas, lucharon codo con codo en las trincheras y regresaron a casa victoriosos ante unas multitudes que los adoraban. El costo humano fue enorme, tanto entre ellos como entre la gente a la que infectaron. La gripe española podría haberse llamado fácilmente la gripe del ejército o de la marina estadounidense. O la gripe alemana o británica.

Pero el costo humano fue mayor entre la gente de a pie y los pobres, hacinados en viviendas, tranvías y en sudorosas fábricas. No todos podían seguir las palabras de Rupert Blue, cirujano general de Estados Unidos en 1918: “Manténganse alejados de multitudes y de lugares abarrotados lo máximo posible (…) el valor del aire fresco a través de las ventanas abiertas no puede exagerarse. Hagan todo lo posible por respirar tanto aire puro como puedan”.

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